Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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sino que la Bastilla se viene al
suelo.
--Pues bien --dijo Fouquet, --voy a desembarazaros de él.
--Que me place, monseñor.
--Conducidme a su calabozo.
--Monseñor me hará la merced de entregarme la orden...
--¿Qué orden?
--Una orden del rey.
--Voy a firmaros una.
--No basta, monseñor; necesito la orden del rey.
--¡Ah! --exclamó Fouquet irritándose otra vez, --ya que os mostráis tan escrupuloso en soltar a los pre-
sos, mostradme la orden mediante la cual libertasteis a Marchiali.
Baisemeaux mostró la orden concerniente a la libertad de Seldón.
--Seldón no es Marchiali --objetó Fouquet.
--Pero marchiali no está libre, monseñor, sino en su calabozo.
--¿No me habéis dicho que el señor de herblay se lo llevó y lo ha devuelto?
--No he dicho esto, monseñor.
--¿Que no lo habéis dicho? todavía me parece estar oyéndolo.
--Ha sido un lapsus.
--¡Señor de Baisemeaux, cuidado!
--Como estoy en regla, nada tengo que temer, monseñor.
--¿Y os atrevéis a decir eso?
--Lo diré ante un apóstol. El señor de Herblay me ha traído la orden de libertad a Seldón, y Seldón está
libre.
--Os digo que Marchiali ha salido de la Bastilla.
--Que me lo prueben, monseñor.
--Dejadme que lo vea.
--Monseñor, vos que ejercéis un mando tan alto en este reino, sabéis que nadie puede ver a los presos sin
una orden del rey.
--Bien ha entrado el señor de Herblay.
--Que me lo prueben, monseñor --repitió Baisemeaux.
--El señor de Herblay ha perdido todo su poder.
--¡Quién! ¿el señor de Herblay? es imposible.
--Ya veis que ha influido en vos.
--Lo que me influye, monseñor, es el servicio del rey. Al pediros una orden de él, cumplo con mi deber.
Entregádmela y entraréis.
--Os doy mi palabra de que si me dejáis entrar en el calabozo del preso os entregaré inmediatamente la
orden que me exigís. --Dádmela sin dilación, monseñor.
--Como también os la doy de que os hago arrestar junto con vuestros oficiales si no consentís en lo que
os pido.
--Antes de cometer semejante acto de violencia, reflexionaréis, monseñor --dijo Baisemeaux más blan-
co que la cera, -- que sólo obedeceremos a una orden del rey, y que tan poco os costará obtener una para
ver a Marchiali, como para conseguir otra tan en mi perjuicio, siendo como soy, inocente.
--Es verdad --repuso Fouquet poseído de furor. Y con voz sonora y atrayendo a sí al desventurado
gobernador, añadió: --¿Sabéis por qué quiero con tanto ardor hablar con el preso?
--No, monseñor, y dignaos notar en el espanto que me infundís y que va a dar conmigo en tierra.
--Mas daréis con vos en tierra cuando dentro de poco me veáis volver al frente de diez mil hombres y
treinta cañones.
--¡Válgame Dios! ¡monseñor se vuelve loco!
--Cuando amotine contra vos y vuestras malditas torres al pueblo de París, y fuerce vuestras puertas, y
os haga colgar de las almenas de la torre de Coin.
--¡Monseñor! ¡Monseñor!...
--Os concedo diez minutos para que os decidáis --añadió Fouquet con voz sosegada, --espero aquí,
sentado en este sillón. Si dentro de diez minutos persistís, salgo, y me tengáis o no por loco, veréis lo que
pasa.
Baisemeaux dio en el suelo una patada de desesperación, pero no replicó.
Al ver esto, Fouquet tomó una pluma y escribió lo siguiente:

--“Reúna el preboste de los mercaderes la guardia cívica, y con ella y para el servicio del rey, ataque la
Bastilla”.

Baisemeaux encogió los hombros. Fouquet escribió:

“El señor duque de Bouillón y el señor príncipe de Condé se pondrán a la cabeza de los suizos y de los
guardias, y para el servicio de Su Majestad marcharán sobre la Bastilla”.

Baisemeaux reflexionó. Fouquet continuó en su tarea y extendió esta orden:

“Se ordena a todo soldado, ciudadano o noble, que tomen doquiera los encuentren, al caballero Herblay,
obispo de Vannes, y a sus cómplices, que son el señor Baisemeaux, gobernador de la Bastilla, sospechoso
de los crímenes de traición, rebelión y lesa majestad...”


 

 
 

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